viernes, 8 de julio de 2011

¿Qué ojos? Si miras con las manos
y hablas con la piel.
A veces más oscura que la retina que te mira
y otras, tan clara.
Si en el papel que escribes no hay
ni frontera ni nada más
que tus palabras y tu tiempo.

jueves, 7 de julio de 2011

13'

Trece minutos.
Trece fueron suficientes para quitarse la venda de los ojos. Para despertar, para que se le pasara la embriaguez, para darse cuenta de todo lo que había negado hasta hacía un instante.
Esos trece minutos de silencio le dijeron más que toda su experiencia, que todos los consejos, que los sabios en sus libros o los genios en sus canciones.
Cuando su inesperada compañera de viaje rompió ese silencio, él tardó en reaccionar. Estaba aturdido. Confuso por no haberse dado cuenta antes o hundido por comprenderlo todo al fin. Lo sentía todo y era incapaz de sentir nada al mismo tiempo.
Si al menos hubiera pensado en quién escuchaba su historia...
Sus pasos se hacían más pesados. Sus cabeza picoteaba pensamientos sin llegar a quedarse con ninguno.
Ella le preguntó varias veces. Él acabó por contestar. Le contó, una vez más, lo que acababa de vivir.
Era un eterno escritor sin nada que contar.
El libro lleno de páginas pero vacío de historias.
Ella escuchó en silencio su relato. Cuando acabó, se rió. Lo miraba con unos ojos que no podían mentir, él no sabía por qué, pero no podían hacerlo. No sabía lo que estaba pensando, y eso lo descolocaba. Escapaba a su control. Ella se rió con toda la sinceridad que él podía entender, y él se sintió completamente ridículo. No sabía qué hacer con las manos. Decidió dejar la mochila y sentarse. Ella, en frente, lo miraba con los brazos en jarra, aún con una sonrisa en la boca.
Y después de todo, ¿te vas a quedar ahí?
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