martes, 23 de octubre de 2012

Siempre acecha
el monstruo de papel.
No asusta en realidad su presencia
diluída.
No es el poder de sus alas desplegadas.
No son sus letras escarchadas
ni las heridas que deja en las palmas de las manos
ni nada queda en su ser
que honre el nombre de viejo espectro
que vive aún.
Pero siempre acecha.
No es la aspereza de su cara ni es la niebla.
Son los pasos que se dan
siempre adelante.

lunes, 16 de julio de 2012

A unos pocos no les gustaba que otros pocos dominaran a todos, y luchaban con su pequeña influencia pero inquebrantable firmeza para cambiarlo.
Cuando se olía que esa gran mayoría estaría cada día más y más oprimida en lugar de ir obteniendo pequeñas conquistas, unos cuantos más se incorporaron a la lucha.
Cuando ya la insaciable minoría oprimió lo suficiente al pueblo como para que no le quedara más remedio que despertar, se alzaron, perezosos al principio, con ilusión después y con la desesperación de quién pierde su futuro y el de sus hijos al final.
Ante tal despertar de sus gobernados, esa minoría denominada capital entregó unos mendrugos a esa masa hambrienta.
Y gran parte de la masa se fue a casa con sus mendrugos.
Unos cuántos reclamaron algo más que pan durante un poco, pero pronto desistieron.
Y quedaron los pocos de siempre luchando contra los pocos de siempre, con menos esperanza, pero con la misma firmeza que sólo esos pocos locos pueden tener.

martes, 5 de junio de 2012

Volver


Ella se bifurca en las cortinas.
Se deja ver, y sólo a veces,
cuando no miro.
Enreda la distancia con eslingas
hasta agarrarse a la memoria.
A veces escamotea mis minutos,
o se descuida entre agujas.
O se rebela en el cristal,
quiere gritar con sus pulmones,
quiere mirar.
Podrá querer.
(Ella sí.)
Y podrán caer, uno tras otro,
días, con ejércitos de horas
que no dejen nada
a su paso.
Y ella seguirá,
esperando.
Y a veces se mostrará
y ya no la veré.
Ya no estaré mirando.

viernes, 6 de abril de 2012

Memoria


"Debemos recordar incesantemente para que el pasado no nos envenene".


Mi hermano responde que la que sea más barata. Tiene seis años y no prefiere las manzanas o las peras, prefiere merendar la que cueste menos dinero. También tiene suerte de la situación de privilegio de mi familia. La miseria está sembrada en esta tierra con raíces más profundas que el tiempo, y en esta época vuelve a aflorar.
Encuentro en el supermercado quienes hacen cálculos para la compra. Se debaten entre papel higiénico o leche. Gana la leche. No quiero imaginar su situación.
Se me parten las mínimas esperanzas que quedan pensando en que mi hermano vivirá un milagro si puede ir a la universidad, si es que quiere. Se me van por un momento, pero vuelven con más fuerza todas mis ganas de luchar.
Mi hermano no sabe nada de un suicidio. Mi hermano, que pregunta si cuando alguien se muere se puede llevar sus juguetes. Pero algún día tendrá que saber que ayer un hombre se mató porque a sus 77 años había vivido la desesperanza de que le robaran el futuro a una tierra que cada vez veremos más de cerca.
Mi hermano no sabe el verdadero alcance de lo que canta, pero recuerda en algunas canciones a los maestros a los que les quitaron la vida quienes preferían un pueblo sin esperanzas. Sus herederos van por el mismo camino. Mi hermano no lo sabe, pero queda poco para otro catorce de abril. Cada año queda más lejos. Cada año más cerca.
Mi hermano tiene la memoria de un niño de seis años, o un poco más. Pero tendrá en su cabeza la sangre de millones, la fuerza de pueblos, la esperanza de locos.
Lo que le espera no se llama milagro, se llama revolución, y no sé si es posible, pero sé que es necesaria, y que nos necesita de pie. 




 "Lo que entierran no son huesos, son las semillas que van creciendo."

lunes, 6 de febrero de 2012

(Media luz)


El encaje de sombras,
entre ocho patas de una araña,
teje puentes, exhaustos,
que caen con la luz
en la deriva.

Camina por el teclado,
en el espejo de las sombras
que tejen con sus extremidades
blanquecinas.

Visita en el tungsteno
los ojos
que siempre quiso tener.

(Exhala otras visiones
que mastica en su rincón.)

Y mañana será tarde
para ser incandescente.



Triste Noche sin Boston Blues

La abuela loca italiana que grita debería haberse traído la correa. Es la segunda vez que en medio de una de sus alocadas carreras su nieto me pisa, y creo que no habrá una tercera. 'Scuse, ho svagliato il numero', dice a gritos al teléfono fijo de la terminal con el que no deja de jugar. Al lado de la abuela un par de franceses perturbantes hablan leyéndose los labios y haciendo gestos, sin emitir ningún sonido.
Anuncian que el transporte de ganado aéreo se retrasa una hora y treinta minutos. La democratización de los vuelos me da nauseas una vez más. Los dos franceses, ajenos a todo, se levantan. Pero se levantan completamente a la par. Tan a la vez que sus rodillas al crujir parecen ser los oboes al unísono de la melodía de Mahler que el sibarita de mi izquierda tiene como tono de llamada. Estoy casi seguro de que es Mahler. Maldito grandilocuente. No aguanto sentado.
Es la cuarta vez que veo las mismas bolsas de hierbas de Provenza en la misma tienda de las dos que esta terminal me ofrece. El dependiente ya quiere ora sexo ora matarme. No lo tengo claro, pero algo quiere. Lo presiento. Por mi bien, no me quedaré a descubrirlo. Vuelvo al mismo asiento.
Italianos que gritan ci vediamo. El niño se parece a Donatello. El de las Tortugas Ninja, por supuesto. Yo que siempre fui de Michelangelo... me lo imagino desenrollando la manguera antincendios gigante y abatiendo malhechores con ella...espera. El cabrón está desenrollando la manguera y su abuela parece dormida. O peor. Muerta. O peor. Despierta. Y le grita al nieto. Otra carrera, y una providencial llamada para el vuelo con destino Milán. Ci vediamo.
Tras este alivio, me decepciono. Pero muchísimo. El magnate ruso del Ipad que tengo enfrente habla francés. Acaba de pasar de magnate ruso a gordo francés. Incluso parece que adelgaza rápidamente y le aparece una tópica baguette en la axila, tan francés que parece ahora.
La decepción da paso al abandono y me refugio en mi lectura. Pero ni bien fijo la vista en la primera frase, el peor acento inglés que recuerdo desde Botín me hace ir al pasillo de embarque. Es como si a cada lado de esas rejas metálicas esperase el nuevo hogar de esta remesa de pollos de granja, hasta que los piensos nos engorden lo suficiente para la venta.
Aquí me encuentro con un gitano con pareja y con sombrero que habla con el 70% de las frases en español y el otro 30 en francés. Los temas parecen tan arbitrarios como incomprensibles, pero puedo sacar en limpio que 'tu prima es tonta'. 'Aunque tenga estudios'.
Más adelante en la interminable fila, un pelirrojo parece Van Gogh retratado por El Greco. Y detrás de mí, tres inglesas que recuerdo que estaban bebiendo botellas pequeñas de vino blanco cerca de donde yo esperaba en la terminal. Su pasaporte las hace pasar de inglesas a americanas. Al margen del retraso de hora y media, de las caras que nunca volveré a ver, de las olas de frío polar, del espacio Schengen, la cruda realidad. Hoy juega Boston.
Más esperas en una sala de confinamiento. Tengo ganas de autoinculparme a ver si así llego antes. Ahora vamos al avión. Sorpresa. Antes de comenzar a ascender por la escalera veo una cabeza salir de la cabina. El piloto está saludando a una mujer con chaleco reflectante. Y pensar que las ventanas del resto del fuselaje no se abren. El hombre está claramente ligando con ella, que se deja hacer, sonríe y mueve los brazos. Subo al avión y pierdo la visión de El Hombre en acción.
Quieren que me ponga el cinturón. Llevo veinte minutos con el cinturón puesto. Ahora quieren que me quite el cinturón porque vamos a repostar. Que me aspen si lo entiendo. Hola, peso más de 10 kilos y no quepo con el equipaje de mano, ¿me puedo facturar? En la bodega no tendré que aguantar vuestra estupidez ni a ese niño que grita. Ahora veo algo que brilla a la altura de la cabina. Oh, sorpresa, cuando me doy cuenta que no brilla, sino que reflecta. Es la chica del chaleco. Hablando con el piloto, que tiene la puerta de la cabina abierta. Resulta que todo este retraso era a causa del insaciable instinto de nuestro semental piloto. Vaya.
Por fin la chica se baja, y una azafata nos dice que van a cerrar las puertas para el despegue. Si con lo mal que hablas inglés tengo que confiar en que cierres bien la puerta, que veo que te está costando, me voy en bus. O en bici. Y eso que soy yo.
La puerta está cerrada y el avión se mueve. Tres filas más adelante una mujer tira su botella de agua al pasillo. Cuando se agacha para cogerla reconozco a una de las tres americanas. Ya no importa nada. Ahora entiendo por qué la espera se hizo tan larga. Por qué la desesperación y el sinvivir, al comprender que esta será otra Triste Noche sin Boston Blues.
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