lunes, 16 de julio de 2012

A unos pocos no les gustaba que otros pocos dominaran a todos, y luchaban con su pequeña influencia pero inquebrantable firmeza para cambiarlo.
Cuando se olía que esa gran mayoría estaría cada día más y más oprimida en lugar de ir obteniendo pequeñas conquistas, unos cuantos más se incorporaron a la lucha.
Cuando ya la insaciable minoría oprimió lo suficiente al pueblo como para que no le quedara más remedio que despertar, se alzaron, perezosos al principio, con ilusión después y con la desesperación de quién pierde su futuro y el de sus hijos al final.
Ante tal despertar de sus gobernados, esa minoría denominada capital entregó unos mendrugos a esa masa hambrienta.
Y gran parte de la masa se fue a casa con sus mendrugos.
Unos cuántos reclamaron algo más que pan durante un poco, pero pronto desistieron.
Y quedaron los pocos de siempre luchando contra los pocos de siempre, con menos esperanza, pero con la misma firmeza que sólo esos pocos locos pueden tener.
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